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Tres historias de terror relacionadas con las finanzas personales

31 de octubre de 2018

Tres historias de terror relacionadas con las finanzas personalesCon motivo de la noche de Halloween, voy a contarte unas cuantas historias de miedo. Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos vivido situaciones de terror o pánico. Pero como Dinero Rápido es una web relacionada con las finanzas personales, las historias tendrán relación con la economía doméstica. Te auguro sustos y diversión en la misma medida.

Aunque no todo en la vida tiene relación con el dinero —ni tampoco es el ingrediente más importante de la felicidad—, no cabe duda de que puede llegar a complicarnos mucho la existencia.

Sobre todo cuando, en un momento dado, carecemos de la cantidad suficiente de dinero para poder cubrir todas nuestras necesidades.

Es probable que alguna de las tres historias de terror que voy a contarte hoy te resulten conocidas.

Incluso puede ser que las hayas vivido en primera persona.

La nevera que pensaba por sí misma

En ocasiones, algunos electrodomésticos parecen tener vida propia.

Como si contasen con un cerebro inteligente y con capacidad de raciocinio, se han dado casos de lavadoras capaces de leer la mente de sus dueños.

Esta historia que te voy a contar transcurre en un cocina española corriente y moliente.

La protagonista es una nevera que llevaba renqueando justo desde el momento en el que finalizó el período de garantía.

Pero el propietario de la casa siempre se decía que iba a aguantar un poquito más con ella y que más adelante la cambiaría por una nueva.

Hasta que la nevera dijo basta y se estropeó justo en el momento en el que tenía el congelador repleto de comida congelada.

Sin ninguna duda, el peor trago fue cuando el técnico que vino a reparar la nevera le explicó que la avería era gorda y que la factura ascendería a cerca de 600 euros.

En ese instante se diría que la nevera parecía estar riéndose de él.

Como si aquel electrodoméstico tuviese vida propia y fuese capaz de leerle el pensamiento, había decidido romperse en el peor momento posible, justo cuando más gastos se acumulaban.

Entonces empezó a recordar los gastos excesivos del último viaje familiar, la reciente renovación del seguro a todo riesgo del coche, la factura del taller por hacer la revisión completa un par de días antes, los honorarios de la ITV y el pago que tenía pendiente en el dentista por los empastes de su hijo.

Mientras los alimentos almacenados se iba descongelando, solo era capaz de pensar en su cuenta corriente, que estaba casi a cero.

¿De dónde iba a sacar el dinero para el arreglo?

La única solución que encontró para pagar esa reparación inesperada fue recurrir a un minicrédito de 600 euros, que le sacó del apuro providencialmente.

Los errores se pagan… sobre todo si son con Hacienda

Una de las peores pesadillas de cualquier contribuyente es equivocarse al hacer la declaración de la renta.

Pero en muchas ocasiones los errores son completamente involuntarios, ya que es posible que creamos que nos corresponde una determinada deducción y luego va la Agencia Tributaria y nos lleva la contraria.

Eso fue lo que le pasó al protagonista de la siguiente historia.

Una tarde de Halloween se encontraba sentado en el sofá de su cuarto de estar viendo la tele, cuando de repente alguien llamó a su puerta.

No esperaba ninguna visita, así que pensó que tal vez se tratase de algún vendedor a domicilio o de niños que imitaban a los americanos jugando al “truco o trato”.

Al preguntar quién era, la respuesta le dejó helado: “una carta certificada de la Agencia Tributaria”.

Se quedó lívido.

Su corazón empezó a latir impetuosamente mientras abría la puerta angustiado.

Y tras firmar varios acuses de recibo, el cartero le entregó un sobre de color negro, que solo podía ser portador de malas noticias.

Lo abrió con las manos temblorosas y tuvo que leer varias veces la carta, hasta que comprendió que Hacienda le estaba reclamando 1.500 euros por haberse acogido a una deducción a la que no tenía derecho.

Se le cayó el alma a los pies.

Normalmente, con cada campaña de la renta, estaba acostumbrado a pagar siempre bastantes impuestos. Por eso, cuando ese año se percató de que podía aplicarse aquella deducción, se alegró mucho de no soltar un pastón por primera vez en su vida.

Pero estaba visto que la suerte no estaba de su lado.

Le habían pillado. Y lo peor de todo es que en aquel momento no contaba con liquidez suficiente para hacer el pago (la Agencia Tributaria le daba tan solo 15 días para ingresar la cantidad fijada).

Entonces buscó en Internet y encontró su salvación: un minicrédito de 1200 euros que le sacaría del atolladero sin mucho papeleo.

Una extraña luz en la carretera

La tercera historia de Halloween se parece mucho a la anterior.

Y es que el acreedor más impaciente —el que nunca espera ni un minuto cuando se le debe dinero— es el Estado.

El protagonista del último cuento suele viajar casi siempre en coche.

Una noche de Halloween, recogió a su mujer y a su hijo a la salida del trabajo para emprender viaje hacia su pueblo.

Su idea era pasar el fin de semana con su madre, con la idea de acompañarla al cementerio para adornar con flores las tumbas de los parientes fallecidos.

Aunque no pasaba por un buen momento económico, pensaba que aquel desplazamiento no le saldría muy caro.

Al fin y al cabo, su automóvil era un mechero y apenas gastaba combustible.

Encima, el alojamiento y las comidas en casa de su madre serían de primera…

Pero algo se torció en mitad de la noche.

Su familia dormitaba mientras él conducía con la mente puesta en los buñuelos que le esperaban en casa de madre, nada más llegar.

De repente, un fogonazo iluminó la oscuridad de la carretera.

Se asustó ante aquel destello fugaz que solo había percibido de reojo, sin pensar ni por un momento en la lógica.

¿Sería un ovni? ¿Un meteorito? ¿Un relámpago?

Conforme fueron pasando los días, aquel misterio se desvaneció arrumbado por las preocupaciones del día a día: las estrecheces económicas, las dificultades para llegar a fin de mes, los problemas en el trabajo…

Hasta que dos o tres semanas después del puente de los Santos, le llegó a casa una carta certificada, en cuyo interior encontró la explicación a la misteriosa luz de la carretera: se trataba de un radar puesto en un tramo de carretera en el que había que circular a 80 km/h.

En la carta de la DGT se veía perfectamente la foto de su coche, iluminado por el flash de la cámara. Y junto a la imagen, se indicaba que había pasado por aquel tramo a 107 km/h.

Total: la sanción le salió por 100 euros (que al final se quedaron en 50 euros por pronto pago).

Y el misterio de la extraña luz en mitad de la carretera quedó resuelto.


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